Sherlock Holmes llevaba un sombrero de cazador, fumaba pipa, tocaba el violín y era adicto a la morfina. A partir de ahí surge la suposición de que un detective debe tener alguna excentricidad; la idea de que un montón de manías constituyen una personalidad. Los autores de novelas policiales abusaron de este mandato y aparecieron detectives adictos al guindado o a los crucigramas, fantasmas o en silla de ruedas. Jorge Villafañez -el detective creado por Juan Sáenz Valiente para su impresionante novela gráfica "Sudestada" tiene el don de ser inespecífico, de parecer un viejo más del barrio. Y una hijaputez notable.

Villafañez anda por los sesenta años y sabe pasar desapercibido. Eso lo hace capaz de meterse a robar información en casas ajenas y en conversaciones familiares. Si lo miraran mejor descubrirían que detrás de los anteojos se esconde una mirada capaz de todo mal, porque Villafañez es un Mefistófeles de barrio. Pero un día recibe un encargo de un nuevo cliente: espiar a su esposa, una conocida coreógrafa y bailarina. Y su mundo interior, y ese equilibrio sostenido a fuerza de futbol cinco y compinches de barrio, se inunda. Es la sudestada.

De una: Sudestada es la mejor novela gráfica argentina editada en lo que va del año. Sáenz Valiente se arriesga como autor integral y gana por goleada. En un reportaje al programa radial "Pánico el pánico", reconoce la huella de sus maestros: Carlos Trillo y Pablo de Santis. De Trillo (su compañero en "Sarna") tomó la noción de que si hay un puñado de personajes interesantes existe un peso sólido para que la historia avance. De Pablo de Santis (con quién hizo "El hipnotizador") el rigor en la planificación de la trama.

El dibujo es gris y majestuoso. Ningún personaje baja de los 55 años. Cuerpos obesos, estragados, en esa edad en la que uno es la caricatura de sí mismo. Pero dibujados con toda ternura. Una convención de la novela gráfica ordena que haya personajes mal dibujados en viñetas sin fondos, y largas páginas de tiempos muertos. Sáenz Valiente contradice este mandato: dibuja una Buenos Aires minuciosa sin ser hiperrealista ("ey, miren, copié esta calle como si fuera una foto"), poética pero reconocible. Y no hay viñeta de Sudestada en la que no sucedan cosas.

Pero, además, Sáenz Valiente es una esponja de influencias. Acaba de publicar "Un perro con sombrero", una recopilación de las delirantes historietas que -con guiones de Alfredo Casero- dibujó para la desaparecida revista Orsai.

-Ah, sí, aquí cerca había un rancho donde habían unos hippies roñosos que hacían cosas con margaritas pero se prendieron fuego, y como no había nadie que los apagara, bueno, se prendieron fuego y quedaron hechos cenizas.

-Oh, eran amigos de mi primo, uno de ellos fue conmigo a la escuela del Sol.

-¿Cuál?

-Gastón, el petiso.

-Ah, ese quedó hecho cenizas enseguida.

"Un perro con sombrero" es el regreso de Casero al mundo del disparate, que es donde mejor se mueve. (¿Habrá que leer su participación en reportajes políticos como parte de esa vocación por el desvarío?). El dibujo esta vez es colorido e ingenuo, con esa ingenuidad salvaje que Casero supo ponerle a muchos sketches de Cha Cha Chá. ientras esto sucede, HBO acaba de emitir el último capítulo de la miniserie "El hipnotizador" basada en los textos de Pablo de Santis y los diseños del dibujante. Y acaba de editarse "Me estoy quedando pelado, un libro (¿para niños?) ilustrado con dibujos dulces, infantiles y afligidos.

Este es el año Sáenz Valiente.

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